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Probablemente haya sido Daniel Goleman, autor de uno de los libros más vendidos de divulgación científica titulado Inteligencia Emocional, quien haya hecho más famosa la frase de Aristóteles en su “Ética para Nicómano” con el que da comienzo su libro y que reza así:

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

Cuando pregunto en mis cursos a los participantes para qué sirve enfadarse, mucha gente, responde, de manera impulsiva, poco reflexiva y con cierta sensación de frustración: “para nada…”. Tan sólo unos instantes después, y tomándonos el tiempo suficiente para entender mejor esta emoción, nos damos cuenta de lo útil y adaptativa que resulta y lo necesaria que es para mantener nuestra salud mental.

El enfado es la emoción resultante de una situación de ataque o abuso, real o imaginaria, que generalmente lleva asociada interpretaciones acerca de la intencionalidad de hacernos daño o incomodarnos por parte de quien está alterando la paz de nuestra vida. La emoción resultante suele venir acompañada de una gran actividad mental y de conductas de defensa o ataque. Aunque algunas veces, también elegimos no expresar nuestro enfado y eso da como resultado en la mayoría de los casos, el efecto gaseosa (te vas guardando toda la rabia y la ira y en el momento más inesperado se produce la explosión de la emoción, como si hubiésemos estado agitando una bebida gaseosa dentro de su botella y finalmente la abrimos, dando como resultado un chorro de líquido que se esparce a nuestro alrededor).

Y, ¿para qué sirve el enfado?, pues precisamente para poner freno y límites a la conducta molesta de los demás. Esa es su función y esa es su utilidad. Siguiendo los consejos de Aristóteles, podremos evitar que el enfado derive en ira, una emoción descontrolada, normalmente asociada a conductas agresivas y/o violentas y por tanto con un componente desadaptativo por las consecuencias que generalmente proporciona.

Enfadarse con la persona adecuada.

El origen del enfado suele estar en el comportamiento de otras personas hacia nosotros, aunque a veces, también nos enfadamos con nosotros mismos o con entes algo menos concretos (Dios, la Vida, el Destino, la Suerte). Saber muy bien el porqué  de nuestro enfado (la causa) y expresar nuestro enfado a la fuente del mismo es clave para que nuestra conducta tenga una finalidad (un para qué) adaptativa y nos permita, en la medida de las posibilidades, poner freno a esa conducta molesta.

El problema está en cuando “el culpable” de nuestros problemas es Dios, la Vida, el Destino o la Suerte porque estas entidades no suelen ser receptivas a nuestras peticiones y su forma de operar (en el caso de que tuvieran realmente capacidad para hacerlo) nada tiene que ver con nuestros deseos o necesidades, así que tendremos que aceptar que “los caminos de Dios son inescrutables”, “la Vida es así”, “el Destino no está escrito, lo escribimos nosotros cada día” o “la suerte es como la lotería, si no juegas no te toca y no siempre te toca aunque juegues”.

Por otra parte, expresar tu enfado a la persona incorrecta (estoy enfadado con mi jefe y lo acabo pagando con mi pareja o estoy enfadado con el Gobierno y lo acabo pagando con mis amistades), tampoco mejora tu situación y probablemente estropee una relación en la que realmente no existe un conflicto.

¿Y si el culpable es un virus?… siento comunicarte que por mucho que te enfades con él, no va a dejar de hacer lo que tiene que hacer: su misión es sobrevivir, aunque en esa misión esté comprometiendo la salud e incluso la vida de los humanos, así que más vale que dosifiques tu energía y te centres más en las soluciones que en el “culpable”.

Enfadarse en el grado exacto.

La intensidad de la emoción va a depender de cómo interpretes lo que te están haciendo. Generalmente, cuando interpretas que la conducta molesta es intencionada y además descubres en ella maldad, probablemente tu respuesta emocional sea más intensa que si consideras que el abuso o el ataque han sido sin mala intención o sin querer.

No obstante, pensamientos absolutistas y poco flexibles como la gente “debería” comportarse de tal manera o la gente “no debería” de comportarse de tal otra, nos van a abocar a una mayor intolerancia hacia el comportamiento ajeno y, como consecuencia, a una condenación de dicho comportamiento. Aquí sería útil preguntarse ¿Por qué la gente “debería” o “no debería” comportarse de tal o cual forma? Una cosa es que a mí me gustaría o que yo desee que las cosas sucedan de forma diferente, y otra muy distinta es que debería ser así.

Enfadarse en el momento oportuno.

Algunas veces la mejor forma de expresar nuestro enfado es aplazarlo para otro momento. Sin duda, como norma general, es bastante conveniente expresar nuestras emociones en el momento en que éstas se originan, aunque a veces, estratégicamente, puede ser deseable aplazar dicha expresión a otro momento para evitar hacerlo en caliente y decir cosas de las que luego podamos arrepentirnos. Una fórmula como ésta puede ser de gran utilidad en estos casos: “Estoy muy enfadado(a) contigo y tenemos que hablar, pero prefiero hacerlo luego”

Enfadarse con el propósito justo.

Sin duda un: “eres gilipollas”, acompañado de un fuerte golpe en la mesa desahoga mucho, pero tiene poco poder de generar cambios en la dirección esperada.

¿Cuál debería ser el propósito del enfado?: informar a la otra persona de la conducta molesta y solicitarle un cambio de comportamiento.

¿Qué es lo que habitualmente hacemos?: dedicarle una «cariñosa» etiqueta de su personalidad en forma de insulto.

Recuerda: el propósito del enfado es modificar la conducta del otro, no cambiar su personalidad y creo que ya va siendo hora de saber cómo enfadarnos del modo correcto.

Enfadarse del modo correcto.

Enfadarse consiste en expresar nuestro desagrado, molestia o disgusto y solicitar un cambio de conducta a quien nos está complicando la vida. Para ello tenemos una herramienta clave de la comunicación asertiva que es utilizar los mensajes yo.

Un mensaje yo es una frase en la que expresamos lo que pienso, lo que quiero, lo que necesito o lo que deseo. Es lo contrario a un mensaje tú, que suele tener un componente más imperativo, más orientado a etiquetar o insultar a la persona.

Una buena forma de expresar nuestro enfado es utilizar el siguiente guión conductual:

  • Definir la conducta molesta: «cuando haces…», «cuando no haces…»
  • Expresar mi emoción con un mensaje yo: «yo pienso…», «yo siento…», «yo creo…»
  • Solicitar un cambio de conducta: «me gustaría que…», «preferiría…», «sería conveniente…»

Acompañar en la emoción.

Hasta aquí hemos analizado como expresar nuestro enfado de manera adaptativa y funcional, pero ¿qué pasa cuando es otra persona la que está enfadada?, ¿cómo podemos ayudarla a expresar adecuadamente esa emoción?

La respuesta la podemos encontrar en la siguiente curva de la hostilidad en la que podemos observar cómo una vez se dispara la emoción, ésta tiende a subir antes de bajar, y en ese proceso de “calentón emocional» nuestra forma de ayudar será la de acompañar a la persona en su emoción y procurar no echar más leña al fuego.

Normalmente, cuando alguien está enfadado, tendemos a pedirle amablemente que se tranquilice, consiguiendo justamente el efecto contrario. Como ya comentaba en este artículo sobre gestión emocional, las emociones no se pueden cambiar, así que si le pedimos a alguien que deje de estar enfadado, el resultado no será el esperado. Así que cambia de estrategia:

  1. Escucha activamente. Deja que la persona se desahogue, que suelte todo lo que lleva dentro. No personalices sus mensajes ni entres al trapo. Déjala hablar.
  2. Empatiza. Intenta ponerte en su lugar, entender los motivos de su enfado, no se trata de que estés de acuerdo, se trata de que conectes con su experiencia.
  3. Ofrece feedback. Resume lo que has entendido de su mensaje y dale tranquilamente tu opinión o tu visión del asunto. Usa mensajes yo.
  4. Busca una solución conjunta. Oriéntate hacia la solución del problema y busca con la persona las posibles formas de minimizar su malestar.
  5. Comprométete con la acción. Llega a acuerdos en los cuales las dos partes os comprometáis al cambio en el que os váis a implicar y ponte manos a la obra.
  6. Agradece. Aprovecha para dar las gracias a la otra persona por compartir su emoción contigo, por permitir encontrar una solución conjunta al problema, por confiar en ti… en fin, busca algún motivo para que esta experiencia acabe de manera positiva.

 

Enfadarse hay que enfadarse. Si estamos sometidos a un abuso o a un ataque hay que ser firmes, expresar cómo nos sentimos y hacerlo de manera asertiva. Procura que no te invada la ira y ¡¡¡enfádate bien!!!

 

Gestión del miedotristeza

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